¡¡Puuummm!, se escuchó al caer la primera bomba de gas lacrimógeno en la calle de Bustamante.
Y de pronto, aquello fue el pandemónium cuando la letal nube de gas avanzó por el Centro Histórico.
14 de junio del 2006. Un despertar violento. Madrugada con llantos, gritos, carreras y sálvese quien pueda. Madrugada de golpiza.
Un par de horas después, el coraje de la turba devolvió la tunda a sus agresores: los policías, quienes quedaron humillados.
El sonar del paso castrense y el tableteo de "¡Pá! ¡Pá! ¡Pá! ¡Pá!" despabiló a cientos de profesores --hombres y mujeres--, quienes saltaron y corrieron por doquier para ponerse a salvo de las nubes de gases que ahogaban por momentos. Un incesante disparo de petardos para desperdigar a la masa humana, la cual cumplía 23 días de plantón en el centro de la Ciudad de Oaxaca.
Unos mil quinientos elementos de la Policía Preventiva, Antimotines, Ministeriales y Municipales entraron en acción para desalojar a los plantonistas.
Los campamentos de los mentores quedaron arrasados.
La plaza estaba liberada y en poder de la policía.
Sin embargo, el sabor de la victoria no fue disfrutada, en un par de horas vino la contrarrespuesta.
La claridad del nuevo día aglutinó al magisterio, quienes tras la golpiza se transmutaron en un enjambre enardecido. Un torrente humano imparable frente a los gases lacrimógenos, balazos, toletazos, tranquiza. La corretiza y la tragadera de tóxicos se convirtieron en el arrancador, para arremeter contra los "guardianes del orden", quienes huyeron despavoridos.
Batalla campal. Disparos de armas de fuego, pedradas, tubazos. Todo y de todo. Mujeres y hombres lastimados, niños llorando. Gritos de gargantas embravecidas retando a la policía.
Y en el cielo nublado de Oaxaca, un helicóptero Scala 407 XA-UCJ repartiendo gas pimienta para dispersar.
Vino el descontrol en los mandos policíacos. Para la mala suerte de los elementos, ocho de ellos fueron tomados como rehenes, dos desnudados, otros golpeados y encadenados. Humillados. Uno de ellos, el comandante Margarito López Aragón, subdirector operativo de la Policía Ministerial.
Cientos y cientos de profesores entonaron su consigna de guerra: "¡Va caer/ va caer/ Ulises va caer!"
Las gargantas a todo furor por las cuatro esquinas del zócalo: "¡Va caer/ va caer/ Ulises va caer!"
¡El pueblo/ unido / jamás será vencido!" --Volvió a entonarse por los contingentes, mientras los policías salían huyendo del zócalo.
Todos los campamentos destruidos, destazados, incendiados. La bestia de la violencia y guerra ya había propinado su primer zarpazo.
Desalojo.
4:50 de la mañana, calle Hidalgo y Díaz Ordaz. Cientos de profesores corriendo despavoridos. Atrás de ellos, a paso marcial y abriendo senda entre las telarañas de mecates, cordeles y plásticos, decenas policías sonando sus macanas, toletes y lanzando petardos de gases.
--Compañeros: ¡no caigamos en la provocación! ¡No corramos, cuiden a las maestras y niños! --sugería desesperado un profesor.
En las calles del centro de la ciudad un hormiguero humano en busca de salidas. Varios vecinos abrieron sus puertas para dar cobijo a las mujeres. Taxistas ofrecían sus servicios con amabilidad, otros, orientaban a los mentores por dónde huir y guarecerse.
--Vienen echando madrazos sobre J.P. García -era una voz de alerta.
"¡Puumm! ¡Pá! ¡Pá!" El resueno de los disparos de granadas. Una nube picosa y ardiente se desperdigaba para hacer llorar y toser.
5:00 am. En la frecuencia 92.1 de FM, Radio Plantón, una voz al aire: "Alerta compañeros, hay que levantarse, la policía está desalojando a los compañeros..."
Enseguida la voz de Enrique Rueda Pacheco, dirigente magisterial: "Resistan compañeros, el gobierno de Ulises Ruiz Ortiz decidió el camino de la represión. Vamos a reagruparnos. Hay que resistir organizadamente...No caigamos en la provocación, cuidemos a nuestros compañeros...Vamos a resistir..."
La transmisión se cortó repentinamente. Radio Plantón, medio de enlace entre los plantonistas fue acallada, sus instalaciones destruidas. La confusión hizo presa a los mentores quienes en sus radios portátiles buscaban afanosamente la frecuencia.
Entre los manifestantes, con el corre la voz se informaba: "Ya entró la policía al hotel (del Magisterio), buscan a los líderes". "Ya detuvieron a dos compas".
Mientras, los policías en su consigna: destazar y destrozar los campamentos. Apaleo para todos, sin distinción.
6:00 am. El territorio del Zócalo y Alameda de León limpio de profesores. En las calles todo un revoltijo y tiradero: víveres, verduras, cazuelas, anafres, parrillas, tanques de gas, ropa, cobijas, libros, periódicos, carpetas, bolsas, colchonetas, televisores, radios. Escenas de un tsunami en el corazón de la ciudad.
Los primeros rayos del sol asomaron y con ello los mentores iniciaron su unificación. "¡Jún-ten-se! ¡Jún-ten-se! ¡Jún-ten-se!" En las diversas bocacalles se conformaron barricadas. En otros lugares se prendió fuego a los cartones para arrinconar a los policías.
6:50 am. De pronto, sobre la calle de Valdivieso, una tronadera de plásticos y sillas alertó a los policías atrincherados a un costado de las oficinas de Telégrafos. Un autobús de la empresa "Urbanos de Oaxaca" avanzaba en zig-zag destrozando lo que a su paso encontraba. Finalmente, el vehículo atrancó su movimiento sobre los arcos del Hotel Marqués del Valle. Presurosos, los policías acudieron a buscar al conductor, mientras otros estrellaron los vidrios a palazos.
Un joven vestido de mezclilla fue apañado y alzado en vilo. Se le acusó de venir conduciendo.
--¿Eres maestro? ¿Quién te mandó? -Lluvia de preguntas que aturdían al joven totalmente embriagado.
Contraofensiva.
Hidalgo y Armenta y López. Los profesores rompieron un primer cerco, tubos en mano y con botes llenos de agua retaban, embestían a la policía apostada en la intersección de 5 de Mayo e Independencia.
La reacción: otra granizada de petardos. Dispersión por unos momentos, y luego, otra vez la fuerza del coraje.
7:30 horas. Independencia y Porfirio Díaz. Cientos de profesores provocando a la policía, quienes parapetados en los cuatro accesos al Zócalo y la Alameda de León hacían frente a la bravura de los docentes. La ofensiva arreciaba.
8:20 horas. Una treintena de Policías Ministeriales y de la UMIT ingresaron al Zócalo y a la Alameda de León, garrote en mano comenzaron a destrozar los campamentos, sillas, mesas plegadizas. Otros más, con cabos de zapapico estrellaron los cristales de algunos vehículos. Hurgaban todo cuanto podían.
Sorprendidos por la lente fotográfica de un reportero, atajaban amenazantes: "¡Por qué tomas fotografías! ¡¡Fuera de esta área!!
La policía había logrado liberar la plaza tras 23 días de plantón.
Los jefes policíacos: José Manuel Vera Salinas y Manuel Moreno Rivas se paseaban ufanos, engallados, llenos de presunción.
Por sus radios de comunicación daban su parte al alto mando.
A esa hora, el fantasma del temor comenzó a invadir a varios policías, quienes frente a las escenas de destrozo y saqueo, confiaron al reportero: "Esto se va poner peor. Esto está cabrón. ¡Ellos son un chingo! Fue una equivocación".
Y otra vez el chasquido de los disparos de petardos, los que eran devueltos porque algunos profesores tomaban en sus manos --con trapos y almohadas mojadas-- las granadas y las rebotaban contra las vallas de policías.
La consigna que impulsaba la refriega: "¡Va caer/ va caer/ Ulises va caer!", profesores y gente solidaria cubriéndose la boca con trapos mojados hacían frente a sus agresores.
Se reforzó el operativo del desalojo con el sobrevuelo de un helicóptero, desde donde vaciaban granadas sobre la muchedumbre. Fue una granizada de proyectiles. Las alarmas de los bancos se accionaron.
El edificio central de la UABJO fue campo de refugiados, sobre todo para las profesoras, ahí se cobijaron mientras duró la ofensiva.
El claro de la mañana se colocó del lado de los profesores, quienes avanzaron por varios frentes rumbo al Zócalo. La policía empezaba a ser cercada, arrinconada frente a lo que fue el palacio de gobierno, donde ya habían incendiado plásticos, lonas y cartones.
El magisterio y jóvenes iniciaron el secuestro de autobuses urbanos para ser colocados en diversas bocacalles como escudos y barricadas. Varios de ellos los incendiaron.
Sorpresivamente los policías recibieron la orden de retirada. Los elementos ministeriales y preventivos huyeron atemorizados. Los mentores --tubos, palos y piedra en mano-- fueron tras ellos y tomaron a varios como rehenes. Ocho en total.
En el cielo, el "fla-fla-fla" del helicóptero que sobrevolaba una y otra vez a copa de árboles. De la puerta de la aeronave se podía observar a un policía lanzando las bombas con gas pimienta. La neblina tóxica dañaba a los propios policías en tierra, porque muchos de ellos no llevaban protección.
Los policías capturados fueron insultados y golpeados: "¡Qué se arrodillen los cabrones! ¡Perros desgraciados!" Los apresados fueron conducidos a la Escuela Basilio Rojas, horas después se canjearon por unos 20 profesores detenidos por los ministeriales.
9:15 horas. La plaza fue recuperada por los plantonistas.
Madrugada violenta. Madrugada de coraje. Madrugada de golpizas.
Enterrado quedó el ofrecimiento de los dirigentes de varias cámaras de empresarios y comerciantes, quienes se propusieron mediar en el conflicto.
Tensa paz.
Zozobra, anarquía en las siguientes horas. El bloqueo a la ciudad se extendió en unas 60 cuadras a la redonda. En todas las calles pequeños retenes, barricadas. Las mini protestas crecieron como hongos en temporada de lluvia.
"La gente aguantó y respondió. La resistencia triunfó..." --dijo uno de los dirigentes magisteriales.
La procuradora de Justicia del Estado, Lizbeth Caña Cadeza difundía en entrevista radiofónica, el hallazgo de armas de alto poder y un cargamento de cartuchos en el Hotel del Magisterio. Y otro similar en el interior del edificio sindical de Armenta y López. El cateo, dijo, obedeció a una orden de un juez.
Los policías participantes, anotó Caña Cadeza, ingresaron totalmente desarmados.
Los vestigios de casquillos percutidos y fotografías desmentían lo dicho por la procuradora.
Por su parte, el gobernador Ulises Ruiz Ortiz --en un mensaje en estaciones de radio--, convocó a la sociedad oaxaqueña a mantener la calma y enfatizó que su administración de ninguna manera pondrá en riesgo la tranquilidad del estado.
Aseguró tener la "disposición al diálogo y su voluntad de construir acuerdos para dar respuesta a las legítimas demandas laborales del magisterio, pero poniendo a la educación de la niñez del estado como la prioridad medular".
Horas más tarde, el arzobispo de Antequera-Oaxaca, José Luis Chávez Botello, manifestó que el desalojo violento de maestros con un saldo de heridos, detenidos y desaparecidos "no sólo nos entristece sino que nos preocupa porque nos deja golpeados a todos".
En el centro de la ciudad siguió la reagrupación de los trabajadores de la educación, quienes recibieron diversas muestras de solidaridad: agua, frutas, pan, tortas, mini marchas, aplausos, vivas.
A las 14 horas trascendió una rebelión de los Policías Ministeriales. Organizaban el rescate a sus compañeros en poder de los profesores, sin embargo, la acción sería sin armas, eso indignó a los ministeriales quienes criticaron a su jefe Manuel Moreno Rivas, por la torpeza en el fallido operativo.
En tanto, a través de un boletín de prensa, el Gobierno del Estado confirmó la realización de una mesa de trabajo en la ciudad de México a propuesta de Carlos Abascal Carranza, titular de la Secretaría de Gobernación.
18:00 horas. Pardeaba la tarde. Tensa calma. Enrique Rueda Pacheco anunció a los reporteros una tregua y el repliegue del Centro Histórico. "Eso no significa claudicación de la lucha, puesto que existen diversos muertos, golpeados, heridos y desaparecidos. Además, torpemente sembraron armas en el Hotel del Magisterio y en el edificio sindical para involucrarnos con grupos armados. No estamos levantando el plantón..." -remarcó el dirigente gremial.
Catorce horas después del malogrado operativo policíaco, con un semblante pálido, ojeroso, desgastado, el líder advirtió que el magisterio sabrá resistir y enfrentar la embestida. "Vamos por la libertad de nuestros 20 compañeros detenidos y buscaremos a los desaparecidos".
La mayor parte de la ciudad permaneció inmovilizada. Enmudeció. Todo el comercio del centro cerró sus puertas. Tarde-noche de nerviosismo y tensión por doquier.
El gobierno le echó lumbre al avispero y perdió el control.
"Sólo la soberbia y la locura del poder pudo hacer semejante afrenta"-Confió un sacerdote al reportero.
Y por muchas calles resonaba el grito de guerra: "¡Ya cayó-ya cayó / Ulises ya cayó!"
14 de junio, hace un año...
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